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| Lo ocurrido en Caracas, Venezuela, fue sorpresivo cuando menos. Casi todo lo que temimos fue infundado, mientras que los trabajos surgieron por otros lados (como lo que se demoraron las pizzas para el equipo). De resto, la reacción de la gente pasaba de curiosidad a total involucramiento en la improvisada tarea de poner sus letras en el piso o en el aire. Y dejarlas allí, en tela, en papel, en voz. Como lo cuenta KSB. LALC2005 Karina Sainz B. (La Galletica Linfática) El sábado 22 de octubre descubrimos que la ciudad no era un basurero; que las fuerzas del orden público también escriben poemas; que los ancianos, además de hipertensos, recitaban a Lorca y Andrés Eloy Blanco; que los médicos prescribían versos; que Octavio Paz viaja en el Metro al lado de Maelo. Pura infección, pura palabra. He aquí Letras a la Calle Caracas 2005, algunas anécdotas y fotos. Transeúntes; obreros; guachimanes; intérpretes de música llanera; mimos; compra y venta de oro a buen precio; matraca; cachapa; arepa; fritanga; refresco; cerveza; catalina; cucurucho; perolazo; perolito; cotufa; patrulla; policía; buhonero; cédula en mano ciudadano; efectivos militares para reprimir cualquier edificio público dispuesto a cambiar de sitio; la catedral, sin Emparan; el Capitolio sin parlamentarios; el padre de la Patria, ecuestre y embutido, paralítico de puro bronce; integrantes de la Misión Robison y Misión Ribas (a los gobiernos autoritarios también les gusta enseñar a leer y a escribir a la gente); toldos; sillas; buseta; moto; taxi: moto-taxi; pantaleta; tarantín. Caracas, como Aracataca, es un ciudad con sonido de ametralladora. Plaza Bolívar. Pobrecito el padre de la patria
Capitolio (estación de metro que une el centro histórico con el resto de la ciudad. Vale destacar que, en Caracas, el centro no está en el medio, sino en el Oeste) estaba como siempre: lleno y sudoroso; sofocante; hediondo. Tomamos la puerta que lleva a la Esquina de la Bolsa, punto del centro en el que los tarantines de vendedores ambulantes compiten con los edificios bancarios y la sede del Congreso Nacional: ¡Legisladores y comerciantes! Cien años atrás hubiesen dicho que se trataba de la junta patriótica (fue idea de la burguesía firmar el acta de 1811). Llegamos al punto acordado a las doce del mediodía. Éramos cerca de 20: estudiantes; fotógrafos; documentalistas; periodistas; poetas con libros inéditos y poetas con libros publicados; poetas con y sin premios; artistas; burócratas; documentalistas. Cada uno llegó con lo suyo: el grupo Poesía para Llevar desplegó la sábana literaria y su promoción “Escriba un poema y llévese una postal poética”, “Seleccione un día se la semana y escriba un poema” (la sábana estaba divida en siete días); la dupla Bomba demostró que se puede fumar, inflar un globo, convencer a la policía de que tenemos permiso para estar allí y recitar poesía, todo a la vez; el colectivo de artistas plásticos la llave está abajo señora cristina llevaron las obras completas de Simón Bolívar y enardecieron el orgullo patrio de algunos funcionarios del Gobierno quienes, molestos por el desfachatado homenaje de balbucear la literatura heroica sin uniforme, decidieron hacernos correr. “No nos gusta lo que están haciendo, o dejan eso o convocamos a los compañeros”, dijo un hombre con ojitos de crack. Más que funcionarios ellos son para-funcionarios, brigadas contratadas por la Alcaldía para mantener el orden público a punta de cabilla. Y aunque los invitamos a recitar poesía, seguían así: poco poéticos. No corrimos, al menos no tan rápido. Antes, teníamos que hacer nuestro trabajo, no sin pensar: “Pobrecito el padre de la patria, allí encaramado, en su caballo paralítico, no lo dejan escuchar poesía”. No es una ironía. El Libertador acumuló más victorias escribiendo sonetos para mujeres y proclamas heroicas, que en el campo de Batalla, pero eso es tema de otra crónica. Simón Bolívar era poeta, y guerrero, pero en la historia patria los poetas no son tan bien vistos como uno cree. Por eso lo escupieron sobre un caballo.
Esparcidos a lo ancho y largo de la plaza Bolívar, nosotros —pregones poéticos por un día—, nos lanzamos al ataque con un libro colectivo. En cada hoja, un transeúnte debía escribir algo, lo que fuese. “Para Venezuela, de todos”, “Masturba tu mente, eyacula una idea”; “Hasta el reblandecimiento siempre”. Se trataba, sí, de un cadáver exquisito en cuaderno empastado y de una sola línea. No hubo policía, niño, anciano, comerciante, padre divorciado, mujer de ojos tristes, borracho, mendigo o evangélico alguno que se resistiera. Los transeúntes tomaron los papeles que ofrecíamos: versos de Maelo, pero también de Hanni Ossot, Miyó Vestrini, Eugenio Montejo, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, La Lupe y Willie Colón. Aquí la salsa es, también, materia de los poetas. “Óyelo que te conviene”, dijo Eddy Palmieri. Una niña scout acepta un poema de Octavio Paz. Repite: “¡Octavio!”, con cierta fruición. “¿Lo conoces?”, le pregunté. La niña dudó. Pasaron unos segundos. “¿Es el chamo que te gusta, verdad?”. A lo que la chica respondió con energía. Le contamos, en resumidas cuentas, quién era el Octavio que no era suyo pero que comenzaba a serlo. Se llevó la hoja con la intención de recitárselo a su enamorado de la sección B del salón. Un barrendero miraba descreído la frase de Maelo; un buhonero pidió un verso para llevárselo a su novia; un vendedora de dulce aceptó que colocásemos nuestros versos entre su mercancía. Un funcionario del Ejército nos pidió el permiso de la Alcaldía, se lo dimos. Nos pidió la cédula; se la dimos. Le pedimos a cambio un poema. El distinguido rió —¡Ohhhhh, los militares ríen! —. Dijo no saber de poesía. Le pedimos un autógrafo. El militar firmó gustoso su nombre, como si firmara una orden de aprensión. Nos dieron las 2.30 pm. Recogimos nuestras cosas sólo como podrían hacerlo los buhoneros que huyen de la policía (Nuestros amigos de franelas rojas comenzaban a impacientarse).
Una vez en el vagón, enfilamos a la segunda parada. Nos bajamos en Bellas Artes, vía la Plaza de los Museos, complejo cultural aún de pie. Se trata de una plaza en la que, hasta hace unos años, se encontraban los mejores (y únicos) museos del país. Aún lo son, los mejores quiero decir, el problema es que la gente no lo recuerda, al menos no muy a menudo. El Museo las encierra. Letras a la calle las libera Luego de que la gente de La llave está abajo señora cristina parara el tráfico con libros ensartados en una cuerda, llegamos al segundo punto del itinerario. La Plaza de los Museos, más redonda y acalorada que nunca, gozaba de bastante buena salud. Debía haber una jornada de vacunación en el Parque de Los Caobos, porque todos los perros habían sacado a pasear a sus amos.El grupo Poesía para Llevar redobló la oferta. Ahora era 2x1: “Escriba un poema y llévese dos postales poéticas”. Bomba inflaba, inflaba e inflaba, mientras la llave está abajo señora cristina le pedía a gritos a un montón de hojas que aprendiesen a leer. Un evangélico a lo Bob Dylan hacía lo suyo, nosotros lo nuestro: crucificarnos sobre un grupo de libros. La gente de la llave cree en el Arte del Sabotaje , el cual consiste en “ser perfectamente ejemplar y a un tiempo retener cierto elemento de opacidad - no propaganda sino choque estético - terriblemente directo pero sutilmente angulado también - acción como metáfora” (Ignacio Pérez dixit).
Poemas pa’ todo el mundo, incluso para las estatuas de los museos y los vigilantes de las salas de exposición. En los museos también hay cosas vivas. En la sábana quedaba poco espacio, a apretar la tela para que quepa la poesía. El libro colectivo tenía desde acrósticos hasta declaraciones de amor. Ciclistas, artesanos y un grupo de músicos peruanos que interpretaban Chiquitita tell me the truth, de Abba, con flauta típico. Alrededor: calor y poesía. 32 grados centígrados y un montón de poemas. Poemas sin contraindicaciones Un grupo de cinco estudiantes de la escuela Vargas de Medicina de la Universidad Central de Venezuela, vestidos con traje de quirófano y bata blanca, desplegaron un toldo con un cartel en la Plaza Chacao, la tercera y última plaza de nuestro recorrido. UCA (Unidad de cuidados para el alma), así rezaba el cartel que identificaba el operativo médico. Dentro de la carpa, los doctores colocaron dos mesas: la primera (Unidad de tratamiento) contaba con un tensiómetro y un estetoscopio. Si la tensión no era la mejor, tomaban un récipe, buscaban una letra en el diccionario y le prescribían una palabra al enfermo. También recitaban o, pedían les fuese recitado un poema. Una abuela —entre los otros cien abuelos que se acercaron para ser atendidos— dijo: “Luna lunera, cascabelera ojos azules, cara morena”.Otra recitó Lorca y luego Andrés Eloy Blanco. Otra se acercó y dijo, con voz de traficante: “¿Será que me puede recetar unas pastillas para dormir?”.
En la segunda mesa, identificada como “Unidad de prevención”, los pacientes eran recibidos por otros dos médicos. Se les colocaba un poema pegado a su ropa con una curita (parche quirúrgico para proteger las heridas) en caso de que fuese necesario prevenir cualquier dolencia. Esto permitía mantener estable un mal crónico del alma. Poesía para llevar creó una nueva oferta infantil: “Si no te sabes el poema, ¡dibújalo!”. En menos de 10 minutos, uno cuantos soltaron los patines y, aunque preguntaron con cierto descreimiento qué era un poema o quiénes éramos nosotros, se aplicaron con igual gusto. No podemos decir que competimos con el Play Station, pero nos divertimos. Bomba seguía, infla que infla globos. La noche aparecía y con ella el megáfono: Neruda, Juarroz, Pizarnik, Montejo, Cadenas, la crema y nata literaria mezclada con poemas de invención propia, más una que otra impertinencia. Letras a la calle: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete letras. El abecedario completo por un día. Dentro de 365 repetimos a ver si, la próxima, un efectivo militar nos sorprende con un libro inédito. Alli estarán Ana Patricia Laya, Alfredo Herrera, Fernando Núñez Noda, Carolina Melguizo y Luis Carlos, Albinson Linares, Nella Franco, Eneas Bernal, Marc Caellas, Tatiana Ochoa, Renata Escorihuela, Leticia Berritzbeitia, Carla Zerpa, Jessica Bridoux, Irene Ramírez; "H", Poesía para llevar, Bomba, La llave está abajo señora Cristina, Karla, Ileana, El doctor Montejo y su Unidad de Emergencia... Es decir, el gabinete letrado entero, a la espera de otra esquina... Colorín, colorado... Caracas-Aracataca se ha terminado... hasta la que viene. KARINA SAINZ B. LETRAS A LA
CALLE Participaron en carácter protagónico: Poesía
para Llevar La llave está abajo Señora Cristina Bomba UCA (Unidad de Cuidados del Alma) Con el
apoyo de |
CARACAS, 22 de octubre de 2005"
Pronto: Más
fotos y algunos clips de videos.
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